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Un camino largo y sin delimitación se perfila en el horizonte. Solitaria... camina Matilde.
Como símbolo de la erranza vemos solamente su silueta.
CARTA A MATILDE |
"Matilde, si pueden influenciar en algo, éstas, mis palabras que están viajando hacia ti y que espero las leas y tomes consciencia de tu decisión antes de atravesar la frontera, pues, sea bienvenida mi inspiración.
Emigrar…es partir, es viajar, es perderse y no encontrar jamás el camino de regreso. Hay muchos epítetos para designar al fenómeno socio-económico de estos últimos tiempos: fenómeno migratorio ... generación del exilio ... hijos del desarraigo ... peregrinos del mundo ... éxodo, etc.
Pero son los entes, como tú y como yo, inmersos en estos éxodos, quienes ocupan estas líneas. Voy a hablarte en nombre de las miles y miles de personas que caminan como zombis por ciudades industrializadas, bajo las sombras de los rascacielos.
Te contemplo. Veo que estás cargando un pesado equipaje, pero más pesado aun, es el equipaje que llevas dentro de tu corazón. Yo lo sé, Matilde, porque lo he vivido. Tu hora cero está presente. Tu pueblo, pronto se quedará sin tu amada y perfumada sombra.
Quizás hoy, ya estés viviendo la distancia y lejanía de tu Patria. Habrás cubierto de memorias todos los andenes del pasado. Habrás caminado coja por el mundo y de la mano con la angustia.
Ahora, yo soy perpetua fuga y tú serás pájaro errante. El exilio, me desgranó en pieles milenarias. A la luz de las estrellas solo soy respuesta de soledosas sombras. Una brisa apenas para mi sed arcaica.
A estas horas, si ya te has ido, debes ser un número más en el país industrializado donde te encuentres. ¿Matilde, acaso tú, serás tú misma? Tú, fusilaste corazón y alma al firmar el pacto de la erranza. Te alejaste dejando un cordón de presagios y murallas silenciadas. Tú que al embarcar tu cuerpo en alto viento, sellaste el adiós para siempre y te fundiste en el peregrinaje eterno hacia la nada.
Cuando se llega al nuevo destino, nos embelesa la ciudad con sus cristales y su magia. Todo nos sorprende y nos invade con el perfume y colorido de lo extravagante. Diríamos que nos obligamos a drogarnos con este nuevo paisaje, con las nuevas preocupaciones y expectativas para no caer en la angustia y desesperación del desarraigo.
Pero al cabo de unos años, todo se transforma en conflicto, en dilema y comenzamos a mirar el retorno como tabla de salvación. El mundo sorprendente que nos maravilló, comienza a apagar sus luces y a proyectarse en nuestras mentes las imágenes del pasado. Incluso, aun cuando hayas triunfado en el país de adopción... mismo si te has integrado al sistema y gozas de muchos amigos...llegará un momento en que la nostalgia te atrape y suba como venenosa hiedra por tu garganta...asfixiándote.
Todo se vuelve un mal sueño, estamos en un circo en donde pronto acabará la función y regresaremos. SI, regresaremos, pero ¿a dónde? ¿A nuestra Patria...?
Puedo asegurarte que los exiliados somos personas que vivimos en estado latente entre dos países. En el uno está nuestro pasado y en el otro nuestro presente. En el uno están nuestras raíces y en el otro nuestro ramaje. Estos dos puntos crean la inestabilidad de consciencia y de alma.
El exilio, queramos o no, es una condición que nos marca para siempre. La persona, por más que regrese a su hábitat, no se encontrará jamás consigo mismo. Será un ente nuevo en el terruño viejo y sentirá doblemente la angustia. Se sentirá doblemente exiliado.
Matilde, he aquí el macabro juego del destino. Cuando miramos hacia atrás, ya es demasiado tarde. Este punto se vuelve tan ajeno a nuestra identidad como el de adelante. La gente ya no está, se ha muerto o también se ha ido a otro país. Las juventudes son desconocidas a nuestros ojos. La misma familia te mira con cierta distancia.
Al correr el tiempo me di cuenta que, con el exilio, se estaban desprendiendo de mi tronco, sus raíces. Sabía que iba camino al olvido, que cada año que pasaba se borraría de mi memoria, un recuerdo, una añoranza y, para que esto no se produzca comencé a alimentar un nuevo país imaginario del cual te hablaré...
Pues, por mi experiencia, yo puedo decirte que el exiliado no pertenece ya, ni al país de origen ni al de su actual residencia. Es entonces que para palear la realidad, se crea una línea imaginaria, etérea, necesaria para refugiar nuestra verdadera identidad. Un pequeño rincón al que se entra y en él, estamos confortables, no importa si el instante es efímero, irreal, alucinante. Es así como nos vemos obligados a crear un nuevo y tercer país para conciliar nuestros dilemas y yo le llamo... el país de las Nubes. (De Nuages)